domingo, 26 de julio de 2009

“La Feria de las Flores”

Vertebración
26 julio 09
Javier Jaramillo Frikas
Columna
Prohibido Prohibir


¿Hubo en Morelos una vecindad más bonita que La Feria de las Flores en la calle de Zarco, a unos metros de Clavijero? Gran amigo, contemporáneo, de una familia tradicional, morelense hasta las cachas, José “Pepe” Zaga Charua nos metió con una descripción metro a metro de ese hermoso conjunto de casas habitación que llamábamos vecindad pero que, en los hechos, eran departamentos. ¿Cuándo una vecindad tenía su propio baño al interior? Eso le daba un “plus”. Recorremos mentalmente en la llamada, larga llamada telefónica, que hacemos con Pepe de las vecindades de Cuernavaca. Las había más famosas y tradicionales como la de “El Pájaro” en Degollado, un laberinto lleno de cuartitos con un viejo portón de madera, cuya portera, castigaba con 20 centavos llegar tarde. O en orden decreciente en fama “La Coronela” en la subida de Gómez Farías, entre Guerrero y Los Lavaderos y Leandro Valle exactamente en Los Niños Héroes –para no fallar, el olor de los pescados del Bar “El Danubio”, que hacía esquina con Matamoros. Luego situaríamos a “Los Charros” en la avenida Atlacomulco, metros adelante del Puente de Amanalco, camino a la vieja y última zona de tolerancia que tuvo Cuernavaca, la del “Bohemio” con el Cubano, “El 33” o “El 70”, además de “El Modelo” y el sueño de la vaguiza: Sara La Loca, una mujer sumamente atractiva con fama de bohemia, que gustaba más de los buenos ratos que del color del billete que le mostraran. Mujerzota.
“La Feria de las Flores” era la inscripción que se leía arriba de la tremenda reja de acero forjado. Normalmente el nombre de la vecindad se desconocía y otros le llamaban “LA Reja Negra”, porque su nombre siempre estaba tapado por las tupidas buganvilias. Una ocasión nos tocó presenciar como, cuando se colgaban a la reja, dos niños del barrio –que vivían ahí mismo-- Raymundo Ceballos González y Sergio Prado Valaguez, quedaron atrapados bajo su peso al caerse. Se necesitó la intervención de “cargadores”, de barras de acero para que no terminaran más lastimados. Fue un sustote que luego se curó cuando sus respectivas jefas los tundieron feo.
Zaga recuerda con detalle el tipo de piedra y cada uno de sus pasadizos, la llave de agua entrando a la derecha pasando las escaleras, la franja de departamentos del lado izquierdo llena de flores. Ahí se marcaban los dos primeros patios. Inolvidable la segunda casa a la izquierda, la del maestro Avilés de la secundaria “Froylán Parroquín” o la anterior, de don Lucas Inesa, el dueño de la zapatería “Olímpica” del mercado nuevo, que venían por cierto de Toluca. O la escalera del lado derecho, en plena entrada que llevaba a la casa del conocido Chava, dueño de la cantina sobre la calle, “La Villa del Mar” que los jueves ofrecía barbacoa de borrego a sus selectos clientes. Ahí trabajaba Emilio, incluso cuando se cambiaron a Plan de Ayala, pasando donde hoy se encuentra “La Cubana”, frente a La Zumárraga. Recordamos bien a Emilio porque vivía en Los Patios de la Estación donde lo saludábamos cuando jugábamos fut o nos metíamos en “los pantanos” de chapopote.
Ahí vivían lo mismo “El Yogui” Villalobos, padre de la famosa dinastía zarqueña de Sammy, El Cacas (ambos qepd), El Pïolín y la abogada Lilia, que la tía de Alicia (la mamá de Los Villalobos), al fondo, mamá de Rafa y El Tupy --un cuate de tremendo pelo rizado que se lo enlaciaba con una peineta a todas horas y nunca lo logró—y tenían un par de hermanas súper bien. En el patio siguiente, del lado derecho, estaba don Erasmo Solórzano (y) Villalobos, un chaparrito tablajero de ojos saltones, lente grande, que nunca sacaba la mano derecha de su bolsillo en el pantalón. Tenía frases célebres que sus amigos de reunión en la “quería” de Clavijero frente al Pasaje Lido (así llamaban a la peluquería) de don Carlos Garduño (donde destacaban Pablo Blanquel, don Carlos Zaga--papá de Pepe--, Juan Jaramillo, jefe del que escribe--, en ocasiones don Margarito y Bernardo Salgado –padres y tíos de César y Hugo, el notario--. Ahí, con tequila, botana y chascarrillos, celebraban a Solórzano que se auto llamaba: “Rey del Temple y Amo de las Mujeres Bonitas” o sus “flores” a las muchachas que pasaban: “Grande…aunque no ande”, cuando eran de elevada estatura o “Blanco… como la leche” cuando su piel nívea. Un personajazo que años después tuvo un bar en la entrada de Zarco –frente a lo que fuera “La Ranita” y hoy es la escuela Fray Lucca Paccioli—que pomposamente le puso el nombre de “Salón México”. Ahí, precisamente, corre la anécdota, llegaron los policías municipales en gran número, era lo que se llamaba entonces “una razzia”: todos con las manos arriba, en tanto los uniformados hacían la revisión. Solórzano no sacaba la mano de su pantalón. “¡Sáquela, cabrón!”. Y respondía: “Es que no puedo”. De nuevo la petición, con más groserías, y él se negaba. Lo rodean un buen número, le apuntan al cuerpo cuatro o cinco armas y el silencio se hace dueño del lugar.
Los segundos parecían interminables hasta que lo agarraron entre cuatro y uno le jaló la mano derecha. Se escuchó la voz del mismo altanero jefe policiaco vestido color caqui –se apellidaba Villarrreal y era súper arbitrario--: “Métala, rápido”. Se asustaron y abandonaron el sitio. Don Erasmo aunque experto en hacer chicharrón y carnitas, una ocasión su mano fue frita en el cazo. Le quedó una especie de garra, sin forma, que nadie le conoció hasta ese día de la revisión.
Ahí vivía en “La Feria de las Flores” que los zarqueños conocíamos como “La Reja Negra”. A su hijo, llamado Arturo, se le conocía como “El Centavo”.
Del lado izquierdo había uno o dos departamentos que antecedían a la puerta principal de una hermosa casa, llena de jardines bien cuidados, que habitaba la propietaria, doña María Abe, a la vez dueña del edificio de la esquina donde estaba la tienda “La Fama de Jalisco”, de lo que fue “La Ranita” –que se llamaba “Zarco 24”--. Doña María era de ascendencia japonesa, parte de esa gran familia tradicional que todos conocemos. Escaleras abajo del lado derecho una serie de departamentos, uno de ellos habitado por don Daniel, un mesero de los viejos, suegro de un integrante de los famosos Hermanos López, Hernán. O uno que parecía funcionario, don Juan Gutiérrez Poblete que, nos dicen, le ha ido bastante mal.
Bajando las escaleras, del lado izquierdo don Chucho El Huarachero y su hermano Adán, con sus guapas hijas Carmelita y Angeles. Más adentro, los padres del colega Pave Soberanes; del famoso “Verijas” Pepe. Y seguía el lado derecho, inolvidable, porque marcó la vida del que escribe y su hermano mayor: la casa del comandante Raymundo Ceballos García, conocido como “El Marino”, viejo policía de carrera cuyo gran defecto no era fácil de superar: ¡Tenía seis hijas y un solo hijo, de los pequeños, Mundo! Ni quien se animara a acercarse, pero El Piteco era bravo y desafiante y ligó a una de las de en medio. Luego llevó al hermano a “echar aguas” y entretener a la que seguía, y que nos ensartamos bien chavitos. Ellas 15 años, nosotros seis meses mayores y ya éramos unos señores en espera del primer hijo. El señor Ceballos un tipazo, respetuoso, que consolaba a su mujer cuando tiraba pestes de los “yernos vagos, del mercado, los fonderos”, diciéndole: “Preocúpate de las otras; estas están bien cuidadas, los muchachos saben defenderse y no te olvides que su mamá es bien trabajadora; las va a formar”.
Y llegamos al último patio, grande, con una fuente en medio, que si llegaban a ponerle agua se veía majestuosa. Entrando estaba doña Mary y su espectacular hija, una morena, alta, que estaba “requetetrespiedras”, como dirían en el pueblo. Luego Los Alcocer, desde Manolo que era conductor de la México—Zacatepec hasta Hugo “La Tortuga” –un buen centro delantero, por cierto--, dentista, o Alejandro al que llamábamos “Cruz”, administrador de empresas y abogado ya fallecido. De ellos venían “Los Carteros” con “El Pichi” que murió prematuramente, apenas a los 15 años. Y Más allá empezaban los problemas con don Gerónimo Sandoval, papá de Los Pescados, de Gero, de Raúl, de Socorro, de Toño, de Javier. Ellos peleaban con otro vecino de ahí, sumamente tranquilo, el señor Silva, dueño de una huarachería en el mercado o con la misma doña Carmen, la esposa de “El Marino”, Una ocasión hubo una serie de disparos que hizo el señor Sandoval, borracho, que dejaron en estado de gravedad a un bebé de año y medio, César. Ya se imaginan el escándalo, a grado tal que el policía de tantas hazañas contra delincuentes, al salir de gravedad su nieto mayor, optó por irse a vivir a un edificio de la calle Guerrero. Sabía sus alcances y prefirió guardar a los suyos.
No es cualquier tema este. Hablamos de una vecindad que hoy, coinvertida en condominio, conserva parte de su vieja belleza. No es igual, claro, porque entonces la calle de Zarco, el mercado junto, Tepetates y su color, hacían de esta zona un privilegio. La llamada de José Zaga Charua fue, como seguido lo hacemos, para saludarse con su amigo de la niñez. Y sacó a “La Feria de las Flores” y comenzamos a entremezclar lo que un servidor trató de escribir. Lo hacemos porque la ese bonito pasado, puro, nos permite estar vigentes con el presente, con este día y, pronto vamos a meternos en una nuevo proyecto que podría perdernos en el gusto de la crónica, así que pedimos permiso para una breve relajada y, de paso, reconocerle al buen Pepe Zaga esa memoria. Nos dio, exactamente, donde sabe. Un abrazo don José.

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