jueves, 25 de noviembre de 2010

Jara y José Antonio Méndez

Don Jara

La Unión de Morelos
Javier Jaramillo Frikas
Prohibido Prohibir



Arriba de izquierda a derecha: Vicente Salgado “El Tlapehuala”, Humberto Gallegos Enríquez, Javier Hernández Ruiz, Eugenio Marquina y Mondragón, Enrique “La Coyota” Becerril, Enrique Vertiz Zúñiga, Tito Ocampo, Héctor “El Borrego” Jaramillo, Mario Tesorero y Dávila y Carmela Jaramillo. Abajo, en el mismo orden: Juan Jaramillo Ortiz, su hijo mayor Esteban “El Piteco” Jaramillo, el maestro José Antonio Méndez y “La Güera” Angela Frikas Lozano.


Rogamos el permiso de nuestros lectores para usar, una vez más, el espacio para cumplir con las obligaciones de la efeméride familiar. Ayer cumplió 25 años que Juan Jaramillo Ortiz, padre de siete, amigo de todos, viejo de su Güera Angela, se nos murió. El jefe se fue sin cambiar su modelo de vida: quietecito, sin molestar a nadie, a los 54 años de edad. Muchos nos han dicho que no estaba en edad, pero ¿dónde se encuentra la tabla exacta de sobrevivencia? Jara le había quitado 20 años a la vida para ver crecer a sus hijos, llegar los primeros nietos, darle rienda suelta a sus pasiones: el futbol, el boxeo, la lectura, el dibujo, la cerveza y la más fuerte de todas, la música.


A los 34 años de edad estuvo postrado, peleando contra la parca (consecuencia natural de sus excesivas libaciones gracias a ser un auténtico producto de la calle, bohemio empedernido) en un catre del amado cuarto de la querida vecindad El Amate en Zarco 13 interior 14, en el corazón de la ciudad, con la imponente barranca de Amanalco a unos metros, justo frente al sitio donde se ubica, desde los años sesenta, la gasolinera del mercado. Hoy encontramos edificios que nos roban no solo la vista del paisaje urbano, también se agenciaron metros federales de la rivera. Si usted carga gasolina viendo hacia el centro, notará esas torres mal hechas de una escuela. Ahí existió un hermoso conjunto residencial de familias acomodadas: alrededor de 20 viviendas, con un cuarto de cuatro por cuatro y una especie de cocina de un metro de ancho por cuatro de largo y cuatro sanitarios y dos regaderas para los que habitábamos, multipliquen de cuando menos cinco por familia, más de cien. Eran de fierro, con cadena arriba. Ah, de los cuatro baños solo servían dos y una regadera. La larga fila, en el quinto patio –esta vecindad era de cinco patios, como la canción de Emilio Tuero--, parecían las de Diconsa hoy en cualquier ayudantía el día de los insumos.


Recordamos la exorbitante renta de 14 pesos mensuales. Realmente la dueña Doña Bodita –así le decíamos, nos llevaba dulces, era cariñosa—casi nos pagaba por vivir ahí. Pero no se imaginan qué tipo de infancia tan buena vivimos, cuando menos la familia del que les escribe. Las incursiones a la barranca, donde el cangrejito barranqueño era como primo hermano, las tortugas, peces de colores, hasta los ajolotes y lagartijas, ya cuates y de confianza. Todo en la barranca, desde arriba los puentes del hoy ALM hasta el de Amanalco, era nuestro. Descubrimos el largo drenaje—túnel del mercado, desde lo que es la prolongación de Los Arcos –arriba de las fondas—justo a su desagüe, frente a la estación de gasolina.


Jara era espectacular, capeaba la jodidez, como cuando nació el último en la vecindad con el recurso de la partera, en este caso doña Catalina Bobadilla, madre de Alfredo Ibarra y abuela del licenciado, maestro, casi doctor y buen paisano Héctor Ibarra. “Güerita, ya estuvo, fue un niño, está muy bien, completito, ahora solo falta que vea a su marido para el pago. Por cierto ¿Cómo se llama?”, dijo en corrido doña Catita. “Se llama Juan”, respondió La Jefa, temiendo que su pareja, asesor, guía, motor y hoy de nuevo juntos, se hubiese esfumado. Desde las entradita hasta la que se accedía subiendo los siete escalones esculpidos con mazo y cincel, puesto que ese último cuarto de El Amate estaba sobre una gran roca-- Catita –que vivía en Salazar, en la vecindad conocida como La Cueva, hoy La Vecindad—inició el llamado: “¡Don Juan!” en repetidas ocasiones. El buen Jara no estaba lejos pero sí a buen resguardo, con la preocupación por pagar el parto pero festejando la llegada del tercero o cuarto al orden del bate.


¡Cuántas cosas no pasaron! Incluso los años de mejoría, de salir con lágrimas de la vecindad porque ya rentaban un departamento, ¡con baño y regadera, vaya!, sobre la famosa y tradicional “Casa Ballinas” de una familia de extraordinarios amigos, pegado a la Iglesia de Tepetates. O enfrente con don Tomás Muñoz, era la vivienda principal y tenía... ¡hasta tina! O más adelante en Clavijero, en los “lujosos” departamentos de la familia Alvarez, los mismos de la Ex Hacienda de Temixco, esos que se ven justo al bajar hacia el mercado, los primeros, los del puente inconcluso. Luego hubo muchas cosas, siempre juntos, peleando todos en contra de todos, pero contentándose a la media hora por razones de tipo genético, gracias diría La Güera, al buen Jara.


Ayer, 25 años después que camina primero, se fue a esperar a La Paz a sus hijos Esteban “El Piteco”, con toda la razón el principal, el primogénito, estupendo jugador de futbol, bebedor y extraordinaria voz y luego el peleonero José Alfredo “El Tatis”, idos prematuramente aunque de manera anunciada. Y luego, hará 6 años el próximo 22 de diciembre. Pero hubo algo que Jara se llevó en lo más profundo, que lo soñó incluso y un grupo de amigos lo hicieron realidad. Por eso, la Familia completa queremos a Humberto Gallegos Enríquez y a Javier Hernández Ruiz, dos nativos de esta tierra, parte de familias respetadas, tradicionales, emprendedoras, que desde sus cargos en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, trajeron a los bohemios al Padre de La Trova Cubana, al maestrazo y todo un héroe nacional antes y después de la revolución castrista: a José Antonio Méndez.


Autor de “La Gloria Eres Tú”, “Si me Comprendieras”, “Adoración mi Cielo”, “Decídete”, “Novia Mía” (la otra, la que decía “desde el primer y fiel abrazo/quedo por siempre en el ocaso/mi negra y cruel melancolía/ novia mía…)…, “Cemento, Ladrillo y Arena”. Amigos de Jara, además consentidos y tolerados en sus incursiones mañaneras en la fonda, sabían de José Antonio por lo que les comentaba, entre una que otra, el padre de los Jaramillo. Hasta hoy sea o no sea pero es: para nosotros, ese gustazo de nuestro padre, se lo dieron ambos, Javier “La Petunia” y “El Boby” Gallegos. No se fue sin libar, cantar, tocar la guitarra, platicar durante 12 horas, con el hombre que inspiró a figuras como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés –que lo dicen en repetidas ocasiones—y fueron muchas horas en la Fonda La Güera, un día del año 1985 en que ambos murieron, el jefe de la familia en Cuernavaca y el otro jefe, el de la trova y la bohemia, el bolero y lo que se le asemeje, en La Habana. Tenemos la foto y los nombres de una pequeña parte de quienes disfrutamos a José Antonio Méndez y el rostro feliz del padre que, diría en tono de broma y con unos “pegues” adentro: “¡Ahora sí, ya me puedo morir!”.
 
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