jueves, 13 de agosto de 2009

La Cabalgata, el aprendizaje sobre los caballos, La Chicuasa y la impresión de dos amigos y paisanos

Zapata

13 agosto 09

Javier Jaramillo

Columna

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         Es nuestro trabajo así que hay que hacerlo. El tema de la “Cabalgata Gillete” anunciada hace unos días por el gobierno del Estado como parte de los festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Independencia, generó reacciones diversas, todas de amigos. El que escribe escuchó desde niño los relatos obligados en la escuela y aquellos sabrosísimos de quienes vivieron la justa revolucionaria, así que dejaron impreso un orgullo absoluto por el paisano Emiliano Zapata Salazar. Obligábamos el tema con la abuelita Carmen Lozano, que convivió años cerca del rebelde caballerango, y de acuerdo a sus palabras le hubiese gustado “conocerlo más, pero era amigo de mi padre y no se pudo”. En una palabra la niña de 10 y la jovencita de 16 no pudo más que bailar con el general cuando con violines le festejaban sus 15 años el 3 de enero de 1918 en El Mineral del Oro en Huautla, Tlaquiltenango.                                


Un periodista norteamericano que cubría las filas zapatistas, con meses en la refriega, le tomó las placas que tiempo después regaló a su familia. Fue el tesoro más preciado de la jovencita, perdido al paso del tiempo en alguna valija de sus hijos que, ni por asomo, respetaron el valor a una escena envidiable: su madre con el general, tomados de la mano, ella con sus seis dedos (le decían “La Chicuasa” porque en náhuatl chicoasen significa seis y ella siempre fue más que todos con sus 24 dedos) y Emiliano, gallardo, en una imagen inusual: sonreía. Fue ella, a la hora de llevarle la comida qué se lo recordó y él, atento, le preguntó qué le podía regalar.

         --“¡Pues que baile conmigo y le ordene a los músicos y a mis padres que hagan la fiesta!”

         --“Bien, Carmelita, así será, que maten uno o dos animales”, respondió.

         Recordaba doña Carmen la víspera. Se encontraron con los federales por el rumbo de Alpuyeca y se dieron el primer agarrón. Como de costumbre, un grupo armado se llevaba a las mujeres y sus niños en tanto los otros resistían ataque. “Llegamos a Chiverías y ahí los esperamos. Llegaron correteados con los “pelones” atrás y, de nuevo, a moverse”. Aquí tenemos su relato: “No paramos hasta El Higuerón en Jojutla donde se suscitó la última refriega. Otra vez a galope hasta detenernos en lo que hoy llamamos Valle de Vázquez”. Comentaba que ahí se juntaron con la tropa, revisaron lesiones, provisiones y de ahí empezaron la cuesta hacia el alto Huautla, uno de los lugares geográficos desde donde Zapata y su gente iban a Puebla, a Guerrero y se diseminaban por Morelos. Es, para los que no conocen, un sitio lejano, de una vista preciosa,  –y en aquellos tiempos, invaluable, porque se explotaba la mina de oro y el general acuñó sus monedas--. Justo ahí, en el municipio más grande del Estado, donde nació Carmelita – en la cabecera, a dos cuadras donde está el actual Ayuntamiento—“La Chicuasa” celebró sus XV años entre fogatas y con un cielo estrellado, en el invierno de los primeros días del año 18 del Siglo XX.


         Los que recuerdan en Jiutepec y Cuernavaca a doña Carmen Lozano, estarán de acuerdo que al leer o escuchar lo de la “Cabalgata Gillete” iba a intentar regresarse a la década de los 30’s y 40’s que se plantaba frente al Palacio de Cortés, con sus hijos pequeños y medianos (tras perder a cinco de ellos, en una semana cuando “la peste negra” en los años 20’s), luego que inspectores de reglamentos y gendarmes le tiraran su puesto de madera a espaldas de la Iglesia de Tepetates, porque el padrecito no le gustaba que ateos, protestantes o agitadores –así la calificaba nada más porque no iba a la iglesia ni le entraba con las cooperaciones—e iniciaba sus protestas no con discurso escrito. No sabemos si fue la primera en ponerse en huelga de hambre con todos sus hijos –no como acción civil, simplemente no tenían con qué comprar--, pero casi aseguramos que inauguró un modelo de protesta civil con su proclama:

         --“¡Gobernador! ¡Soy trabajadora y mis hijos tienen hambre! ¡Tus esbirros y tú solo saben robar! ¡Aquí voy a estar el tiempo necesario! Y que te quede claro, pinche gobernador: ¡Chingas a tu Madre!”.


         Más de dos ocasiones tuvieron que levantarle su negocito, ahí en Clavijero que, si a cualquiera se le ocurre detenerse, revisar minuciosamente, podrán encontrar ahorita o mañana clavos que fueron ahí puestos para que colgaran cazuelas y jarros de barro. Fue la primera Fonda de “La Güera” en 1938 que en 1952 heredó a su hija Angela (la madre del que escribe y de los que se quieran sumar en buena lid) cuando nació su primogénito Piteco.


         Esa señora, doña Carmen pasó tardes y noches largas, amenas, con un servidor, con el privilegio de vivir pegado, casa con casa, sus últimos 15 años de vida. No había desperdicio. Memoria privilegiada. Claridosa, siempre cuidando sus marranos y sus hortalizas (sembraba cebolla, cilantro, jitomate, y en su hermosa huerta se caían los mangos criollos, se comían las granadas, los plátanos dominicos y las inolvidables “lenguas de vaca” que con limón y sal eran excelente tentempié). Y tenía un burro –que no era ninguno de sus hijos o tantísimos nietos cercanos a esa figura en acciones—nada más para no perder la costumbre. No queremos imaginar a la revolucionaria de verdad, conocer de noticias frívolas o de ocurrencias que le fincan carácter oficial. Conociéndola, usaría la tecnología para pagar una carta abierta y decir lo que siente cualquiera que haya participado o se precie de ser morelense con un respeto al Indio Suriano Emiliano Zapata. Las mentadas de madre serían nada. Les recrearía las otras cabalgatas, las de las balas zumbando los oídos, las corretizas desde Alpuyeca hasta Valle de Vázquez con sus relevos. Sin embargo, el que escribe aclara que respeta a todos aquellos que tienen costumbre, vocación por la monta de caballos, los que los han acostumbrado desde niños y hacen un arte colorido con sus suertes. Pero no imaginamos a persignados  --Zapata también lo hacia, pero entre el plomo de los federales—usurpando la vestimenta ranchera, la charra, la camisa de manta, espuelas y demás, dentro de un festejo al que le han dado una difusión que si se acercan al 10 por4 ciento de lo que anuncian en el país, quedaríamos satisfechos.

 

                            Morelos y su papel determinante

 

 

         Y lo repetimos: Morelos tuvo papeles determinantes en la Independencia y la Revolución, y si el gobierno federal cuenta con los recursos para lucirse con el mundo, que no sean Farol de la Calle, que envíe a las entidades dinero de acuerdo a su relevancia Bicentenaria o Centenaria.


         Un querido amigo, funcionario, la tarde del miércoles le ha dado al que escribe un auténtico tratado de caballos y los atuendos para quienes los montan. Lenguaje impecable, detallista, nos restregó la ignorancia que tenemos que aceptar porque las grandes oportunidades que tuvimos de montar un caballo, fue de madera, ya con el palo clavado en su cabeza tallada echando carreras en la empedrada bajada de Zarco, o en alguna feria mal puesta del mercado López Mateos o atrás del Palacio de Cortés. Respetamos demasiado ese arte mexicano para ofenderlo con trampas. Es tan amigo este maestro de la monta y el cuidado de estos animales, que es obligación dejarlo con sus duras obligaciones. Nos hizo llegar fotografías que si autoriza las compartimos con ustedes, queridos lectores. Aprendimos, claro que aprendimos, pero no cambia nuestra opinión: La Cabalgata anunciada con bombo y platillo es una ocurrencia de unos cuantos, frívolos, que se creen con el poder absoluto a pesar del gran hoyo que mero en medio les hicieron el 5 de julio.


         Y corregimos: La Cabalgata Gillete era un extraordinario programa deportivo de los días de la tele en blanco y negro. Tampoco vamos a ofender a quienes hicieron esa emisión tan exitosa. Y ayer mencionamos a don Ignacio de la Torre y Mier, dueño de las haciendas de Tenextepango y San Carlos, yerno de Porfirio Díaz, esposo de la más frágil y pequeña Amadita. El ayudó a liberar a Emiliano Zapata cuando este se sumó a las filas del Partido Antirreelecccionista que encabezaba Francisco I. Madero, durante la campaña de Patricio Leyva, hijo del primer gobernador constitucional de Morelos, el general Francisco Leyva que derrotó en las urnas al oaxaqueño Porfirio Díaz –si ha ganado este, ¿se imaginan cuánto cambiaba la historia de México?--. El candidato oficial, hacendado, compadre del dictador Díaz era Pablo Escandón, que ganó oficialmente y encarceló a los que pudo, entre ellos a Emiliano, al que enviarían de leva al lejanísimo Quintana Roo. De la Torre solicitó el favor a su suegro el presidente, este le advirtió (consta en un libro de su bisnieto Carlos Tello Díaz) que tuviera cuidado, que los indios –don Porfirio, tez blanca y ojos de color que se sentía con linaje—“son taimados y ladinos y ese caballerango seguro es igual”.


         De la Torre llevó a Zapata a su rancho de la Ciudad de México para atender sus caballos. A don Ignacio, miembro de una rancia y aristocrática familia, lo describían como buen caballista y en extremo fino. Su nombre fue noticia cuando en la celebración del Centenario de la Independencia, un regimiento de la policía del DF realizó una razzia en la colonia Condesa y detuvo a 41 personas, todos hombres, todos conocidos, todos ricos, disfrazados y maquillados como mujeres a la usanza francesa. Los llevaron a la delegación donde se suscitó un alegato cuando el Mayor Inspector recibió la orden tajante que dejara en libertad a uno de ellos. Lo hizo a regañadientes, dándole todavía un puntapié trasero al liberado. Así que se quedaron solamente 40. “¿Y el 41?”, preguntaban los policías. “Chitones, es el yerno del presidente Díaz y se fue corriendo con las zapatillas en la mano”, comentó un mando medio. Por ahí decían que en la lista de detenidos que tras exhibirlos en la prensa de entonces fueron liberados bajo una multa, figuraba el apellido de “un señor Zapata”. Revisamos los tiempos que pagó su pena con Ignacio de la Torre y no coincide con la redada de La Condesa. En esos días –1909-- Zapata era tenedor de libros de la única hacienda construida en el Siglo XX en Morelos: la de Chinameca, donde una década después lo asesinaron.


         Lo que si sucedió es que Ignacio de la Torre fue capturado como parte del grupo conspirador para asesinar al presidente Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez en el traslado de una cárcel a otra. El asesino material fue el mayor José Cárdenas, coincidentemente nativo de Jiquilpan, Michoacán, que fue tras meses de búsqueda capturado en Guatemala. Don Ignacio alquiló dos taxis para que en ellos se perpetrara el magnicidio doble. De la Torre fue recluido en el penal de la Ciudad de México y a la entrada de Zapata y Francisco Villa un grupo de miembros distinguidos de la alicaída aristocracia defeña, solicitó a Zapata “la misma piedad que don Ignacio tuvo con usted en Morelos cuando estaba preso”. Zapata, molesto, ordenó lo liberaran, pero no se los entregó: lo envió con “la tropa” durante un buen tiempo. Meses después, una comisión de amigos de Ignacio de la Torre, ex hacendados en Morelos y el DF, localizan a don Emiliano cerca de los límites con Puebla y le solicitan clemencia: de la Torre está sumamente delicado de salud.


         Y Zapata los escucha y los calla con un ademán: “Llévenselo pero fuera de México, que si se que anda por acá, lo mato y a ustedes les va a ir mal”. Lo trasladaron desde el Puerto de Veracruz en un buque de vapor a la ciudad de Nueva York. Iba mal. Lo internaron en un hospital donde fue intervenido de hemorroides. Se desangró y murió en la mesa quirúrgica. Este es un tema que lo hemos comentado en muchos lugares –incluso fuera del país-- con especialistas y en otra ocasión lo compartimos con ustedes. Hoy, comentado lo del funcionario amigo al que queremos seguir cuidando no obstante su reclamo enérgico, tenemos dos opiniones cortas pero sustanciosas de dos paisanos morelenses, uno sugiere para las festividades y el otro marca posición:

 

                                      Opina también el Mike Castillo desde Minnesota


        Bueno, para la cabalgata:

 

        1.- Concurso de tragones de hamburguesas.

        2.- Desfile de carros deportivos (importados)

        3.- Torneo relámpago de futbol americano...

 

        Y a lo mejor, alguien tiene mas ideas...

 

Un buen amigo, abogado, desde el DF  habla…

 

          Mi querido Javier,
 
          Excelente columna como acostumbras. Ahora resulta que estos derechistas reaccionarios ya se volvieron agraristas y después del acicate democrático que les dio el pasado 5 de Julio la ciudadanía,  cínicamente enarbolan la lucha de un morelense que por historia, ideología y tradición, jamás podrá comulgar con ellos. Que lo entiendan de una vez por todas: Zapata es el luchador social más importante del siglo pasado, pero además congeniamos con Octavio Paz: mucho de su grandeza estriba en que como pocos repudió la tan anhelada SILLA PRESIDENCIAL.
 
         Javier, los morelenses ecuánimes y en consecuencia congruentes, no podemos permitir que se roben los conservadores nuestras luchas, por eso mi amigo, te felicito porque desde tu humilde pero poderosa trinchera, contribuyes con inteligencia y valor a detenerlos.
 
         Un abrazo, en hora buena y desde luego ¡QUE VIVA ZAPATA!

 

                                      José Marquina Garcilazo


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